Tus bromas.
Tu silueta en la puerta de casa.
Verte ejercer de peluquero oficial, secador en mano.
Tus ronquidos.
Cómo te gusta (casi) todo lo que cocino.
Hablar contigo.
Que me vengas a recoger a la estación.
Acompañarte en los viajes.
Tu manera de silbar.
Tu olor a limpio.
Dejarte decidir y acertar.
Tu único pelo en pecho.
Las pelis del oeste contigo.
Llevarte la contraria y acertar.
Asaltar el buffet de postres del hotel como si se acabasen las reservas de azucar del mundo mundial y luego hacernos fotos en la playa metiendo tripa y sacando pecho.
Limpiarme las manos sucias en las perneras de tus vaqueros de trabajar.
Tus ojos que me hubiese gustado heredar.
Que me mires.
Lo imposible que eres para comprarte unos zapatos.
El café y el periódico contigo.
Los paseos a caballo en silencio.
Cuando dices que estamos en el campo y se puede escupir y eructar.
Tus silencios.
Las arrugas de tu frente.
Tus manos ásperas.
Tu santa paciencia.
Comprarte camisas bonitas y presumir de padre joven y buenorro.
A los artistas de pelo rizado.
Tus "¡Marisa, qué risa!".
Nos echo tanto de menos que no sé dónde meternos.